Este romance de amor
no tiene labios sellados,
ni sentimientos prestados
que resten o den valor.
No tiene menos honor
que las voces que han escrito
evocando viejos gritos
del fruto de tu cosecha,
pues bien sé que no desechas
las mieles que te permito.
Si la luz en lo lejano
refleja viejas hazañas,
del suelo a las espadañas,
de la tarde a lo temprano,
será que tras lo mundano
se despunta una Mañana
de cinco auroras tempranas
jugando como chiquillas,
besándole las mejillas
de rosas y porcelanas.
Será que de gracia llena
su morada terrenal
y hace hablar hasta al cristal
que la escolta en sus almenas
y da voz al acertijo:
Reinando en tal recogijo...
¿Por qué lloras, Macarena?
Si te cubrieron de ayeres
envueltos en filigranas,
si el Sol de largas mañanas
te fabricó en sus talleres
dorados de amaneceres
que ceñir a tu corona;
si todo el que te menciona
acaba en tu amor recluso
por ser sentencia en los pulsos
que al corazón no perdona...
¿Por qué lloras, Macarena?
Si te noto la sonrisa,
tan alta como repisa
que sostiene la condena
y da sombra a toda pena
en el costado clavada;
si no fuiste traspasada
por puñal de plata fría,
y no se conoce el día
en que seas derrotada...
¿Por qué lloras, Macarena?
Como romántica escena,
tiene Sevilla escenario
sin preciso calendario
que dé función a la trama.
Sin guión, se desparrama
el hilo de aquella historia
retenida en la memoria
de los que sienten, y callan:
Armaduras que batallan
en blancos revoloteos,
centenarios aleteos
al batir de las sandalias
y sin más parafernalias
que el lucir de su presencia,
Dios sella la consecuencia
y el fin de aquella condena:
Cumplir en la Macarena
la Gloria de su Sentencia.
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